Un hueco en la bota de Menacho

Como tropezarte con tus propios pies o pisar los pasadores de tus zapatillas, hacerle un hueco con tus crampones a la bota que llevas puesta es algo así como el non-plus-ultra de la torpeza montañera. Me ha pasado.

bota-menacho

Cuando lo conocí llegué a él con las referencias de quien tiene aura de leyenda.

En esa época el mercado de equipo de montaña era muy limitado en Lima –todavía no es grande pero ha crecido – y comprar botas, piolets y otros menesteres era, además de difícil, prohibitivo para un ser misio como yo.

Alquilar era una alternativa pero tampoco encontraba opciones. Y sin opciones veía difícil embarcarme en la ansiada empresa de llegar a la arista del Rajuntay. Hasta que alguien me recomendó a Gonzalo Menacho.

Menacho era un tipo clave desde hacía años en la movida montañera limeña. Andinista de amplio recorrido, fabricante de mochilas, guía ocasional y dueño de una considerable cantidad de equipo -recolectada en años de relaciones con montañistas de todos lados- que tenía a bien alquilar.

Para que se hagan una idea de su relevancia, en una época de incipiente Internet, su nombre ya aparecía como contacto en Lima de una afamada marca gringa asociada al montañismo. Su nombre y ninguno más.

Con esos datos en mente me dirigí a su casa en Magdalena para presentarme, explicarle que iba a hacer, qué necesitaba y por cuánto tiempo, elegirlo y quitarme.

Me abrió la puerta un niño y a los pocos minutos bajó Gonzalo.

Era un tipo de bigote negro, estatura mediana, espaldas muy anchas y aspecto rocoso. Después de hablar con él unos minutos quedó claro cómo, a diferencia de contemporáneos suyos como Renzo Uccelli o Ernesto Málaga, su locuacidad ante desconocidos era bastante menor aunque eso no se reflejaba en una actitud descortés o áspera.

Le conté que necesitaba dos juegos de botas talla tal y tal, y dos juegos de crampones. Desapareció un momento y regresó con varias alternativas de lo solicitado.

Mientras escogía qué llevar, conversamos sobre dónde iba y me recomendó un itinerario pues él conocía bien la montaña. Sobra decir que, al explicarme la ruta, su mirada dejaba en claro que no ponía ni un penique a mis posibilidades de completarla.

Pactamos el precio, que no fue exagerado, y partí.

Las botas eran una Koflach color algún-día-fuimos-nuevas-y-tuvimos-color-pero-hoy-somos-casi-rosado-de-lo-viejas-que-estamos. El botín interior era de otras botas  y la suela estaba lo suficiente desgastada como para demostrar que, si el color no era ya suficiente para hacerlo, el recorrido de estas botas era mucho mayor que el de su eventual usuario –yo- quien en su vida había tenido unas en sus manos y mucho menos en sus pies.

El día de lo hechos empecé bien –ya se ha hablado aquí sobre eso– pero mi dominante novelería me hizo asumir, en una parada de descanso, una postura algo rara pero que encuentro extrañamente cómoda: Poner el talón de un pie sobre el otro.

La posición es de puta madre cuando llevas zapatillas tipo Converse o El Tigre pero, cuando tus pezuñas van armadas con filudos crampones, asumirla es el pretexto perfecto para perder un oyuco.

Después de percatarme cómo una de las puntas penetraba con dirección al pie, un shock atravesó mi espina dorsal esperando la mutilación de la falange más próxima.

Sin embargo, preludio de la caída narrada en el post anterior, alguna fuerza suprema frenó en seco la travesía y el cuero del botín solo se vio algo magullado.

Días después, cuando llegó el momento de devolver los equipos, la única explicación que pude darle a Menacho fue una soberana y conchuda mentira, argumentando que así estaban y no nos habíamos dado cuenta debido a la breve pero intensa conversación.

Lo reconozco. Fue una actitud baja y desleal para con un pata que me había tratado con amabilidad y había confiado en mi, un perfecto desconocido. Lo se.

Pero reconozco también que más que a enfrentar una eventual indemnización, el verdadero terror residía en el riesgo de desatar la ira de Menacho, la cual imaginaba explosiva.

Seamos sinceros. Ante un Gonzalo Menacho alterado mis opciones de victoria o al menos de escapatoria, intuía, eran incluso menores a las de alcanzar la cima de esa montaña donde él mismo jamás iba a apostar a mi número en la ruleta.

Tuve el mínimo de decencia para no volver a buscarlo nunca más. Y no supe más de él.

Eso sí, siempre que veo los escarpines marca Huantzan –su marca- que me vendió a excelente precio aquel día,  algo en mi se abate con pesadumbre. Es la vergüenza.

Por eso, con un fuera de sincro de más de diez años, Gonzalo Menacho, te pido sinceras disculpas. Pero si alguien sabe de él, por favor, no se lo cuente.

Leyenda de Foto: El otro par de botas de Menacho. Libres de huecos pero repletos de historias.
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