Esa montaña de agua mineral

-¡Sal de ahí huevón, estás sobre una grieta!

En ese momento debí comprender que la cosa no tenía mucho futuro. Que estábamos encarando una empresa seria con la actitud de unos niños cazadores de caracoles en un parque. Estábamos crudos. Totalmente crudos.

23_2013sep17

El Rajuntay, o Rajunte como gustan llamarlo algunos sibaritas, es uno de los nevados más bellos que hay en las cordilleras cercanas a Lima –cercanas, porque no es Lima, está en Junín, casi al píe del límite entre ambas regiones-.

Es tan pepón que alguna vez me dijeron que su silueta era la de la montaña del antiguo logo de agua San Mateo. Si la memoria no me falla, hay posibilidad de certeza en el comentario.

Leyenda  al margen, el perfil de su cara oeste –más preciso, suroeste- tiene la hermosura tentadora de la cual nace la seducción. La arista nevada que asciende hasta conectarse con la base de la cima es el sueño de cualquier esteta de las montañas. Y como tal, un imán poderoso para el observador deseoso de pasar a la acción.

Hipnotizados por la figura y la forma, en algún momento del 2002 quien escribe y dos amigos, Malaspecto y el Domke, decidieron darse una vuelta por ahí.

La idea no era subir la montaña. Eso estaba lejos de nuestra capacidad e incluso muchos metros más allá de la línea de lo estúpido. Pero sí alcanzar la arista y poner el pie en esa preciosura como quien le mete mano al objeto del deseo. Alucinar in situ sobre la increíble aventura que sería continuar hasta la cumbre y soñar un poco. Vamos, vivir.

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Ingenuo, osado y bruto son conceptos estrechamente relacionados cuando caen en malas manos.

Al momento de llegar al campo base del Rajuntay era, en toda regla, un lego en el arte del progreso por terreno glaciar. Una cosa es subir intuitivamente un par de peladas montañas en Ticlio y derredores y otra, muy diferente, es meterte mano a mano a un nevado.

Por supuesto uno tampoco es demente. Malaspecto y el Domke venían de hacer una corta temporada en Cordillera Blanca y los tomaba en ese momento como una especie de mentores. Esa es la parte ingenua.

En cuanto entramos al glaciar quedo claro que cada uno iba por libre. No arnés, no cuerda, no charla sobre técnicas básicas y peligros del terreno. No prevención alguna. Solo subir. El ímpetu, fuerza de la naturaleza que nace en algún punto entre el corazón y las gónadas, jala fuerte por instantes y nubla la mente para incapacitar a la razón. Lo ingenuo y lo osado.

La anécdota de la grieta, que por si misma ilustra patéticamente lo atrevida que es la ignorancia, no fue lo peor del día. Después de ella, en vez de meditar sobre el verdadero marco de referencia de la realidad bajo la que me encontraba, le respondí al Domke “no jodas, ¿en serio?” y me reí. Ingenuo, osado y bruto.

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El futuro no existe. Algunos les gusta verlo, usando una metáfora, como una planicie de la cual no ves el final nunca. Terreno y terreno por delante, hasta el horizonte. Como si el tiempo fuera infinito devenir. Mentira. Te mueres mañana y todo desaparece, todo se convierte en abismo. O en nada.

El presente en cambio es como una de montaña rusa. Su esencia es el movimiento constante. ¿Más poético? Ok. Es un río furioso, es una rompiente marina, es una lluvia de meteoritos. Llámalo como quiera pero es acción continua. Subidas, bajadas. Remezones. Nunca para. Hasta la vida más plácida vive imbuida en ese vértigo de realidad continua.

¿Y el pasado? Todo el pasado convive en un solo plano. Apretujado. Sin profundidad de campo. Los recuerdos no se pierden en la lejanía de los años. Es la confusión de ese montaje de hechos superpuestos la que no nos permite ver las cosas con claridad.

Hay momentos –instantes- en la vida en los cuales te ves enfrentado de golpe a ese montaje y a esa melcocha temporal. Instantes donde todo, pasado, presente y futuro, se suman. En mi caso me ha ocurrido dos veces y una fue en el Rajuntay.

Habíamos ascendido quizá unos doscientos metros por una placa nevada por la cual ingresamos al glaciar. Superamos una sección de emocionantes 45 grados de inclinación, para salir a una plataforma pequeña, previa a otro trecho en subida que debería llevarnos, según nuestra sofisticada planificación, al inicio de la arista.

Descansamos un momento ahí.

Cuando veíamos hacia abajo recuerdo vivir una sensación de orgullo. Yo, un tipo con poco de qué vanagloriarme hasta ese momento, había ascendido por cuenta propia un considerable trecho en un terreno salvaje y vertical. cuando retornáramos de la arista, quizá ya desde la misma bajada, era casi seguro que el éxito de la misión desencadenaría el inicio de una exhaustiva planificación para un futuro ascenso al nevado.

Atontado de entusiasmo, no detecté que en mis crampones  -los cuales calzaba por primera vez – sufrían de la formación de un fenómeno muy común, pero ignorado por mi persona, conocido como zuecos de nieve.

Los zuecos de nieve consisten en la acumulación de la nieve en el espacio hueco que existe entre las puntas del crampon, debajo de la suela de la bota. La nieve se agrega hasta la altura de las puntas y el crampon se convierte en algo muy similar al conocido zapato de madera que conocemos como zuecos. Al dejar de clavarse a la nieve el resultado obvio es un resbalón.

El efecto zueco de nieve se evita de dos maneras. La más elemental es revisar los crampones regularmente y, con unos suaves golpes de piolet, soltar la nieve acumulada. La otra es adquirir unos anti zuecos. Los anti zuecos son unas tapas que, ubicadas  en la estructura del crampon, evitan el acumulamiento excesivo.

Fue así como,  al dar el primer paso para retomar el ascenso, en vez de subir empecé a ir exactamente hacia el lado opuesto. Caí por culpa de un desafortunado resbalón producto del efecto zueco de nieve.

Los primeros metros fueron algo tranquilo. Pensaba -sentía- cosas tipo “qué divertido, es como cuando en las pelis gringas la gente se resbala en trineo”, y por eso me los tomé con calma. Sin embargo grande fue mi espanto al comprobar lo huevón que podía ser al ver como mi trayectoria de caída no era similar a la de subida. Una pequeña variación en el ángulo inicial del descenso botaba mi cuerpo hacia un lado donde el final era un abrupto corte en la continuidad de la nieve. Es decir iba derechito a un barranco.

En esos momentos empecé a escuchar los gritos de Malaspecto y el Domke: “Usa el piolet, clávalo en la nieve” vociferaban. Por supuesto razonar estando dominado por un ascendente pánico es harto complejo. Mi instinto daba con las justas para usar las manos de manera similar a la de un perro que, moviendo las patas en el agua, logra salvar la situación y nadar. La diferencia era que el perro lo consigue y yo, en cambio, no lograba nada.

Todo ocurría en segundos. Rumbo a convencerme que la vida se me acababa ahí mismo vi pasar apretadas una serie de caras y hechos relacionados con mi vida. 

Era tan complejo y veloz todo, que la imagen de mi madre aparecía rodeada de recuerdos poco dignos de su santa figura. Como un vómito de experiencias, mi vida, en edición fast forward,  pasó de golpe ante mis ojos.

Nunca sabré en qué momento la lucidez se abrió paso. Que fuerza ignota fue capaz de torcer la dirección de los hechos y sacarme del cuello del vórtice del agujero. Puede ser que el destino, y el futuro, realmente sí existan y en ese momento su mano divina y universal enderezó las cosas a su rumbo original

Cualesquiera sea la respuesta, ya al final de la caída entendí que el piolet no era un incómodo bastón o un extraño instrumento para rascarse la espalda. Tenía una función.Una utilidad concreta para casos como estos. Una capaz de frenar la -mi- caída.

Empecé entonces a clavar la cabeza de la herramienta con el peso de mi cuerpo en una nieve absolutamente fofa. Conforme la nieve se escurría bajo mi peso, clavaba la punta con mayor intensidad. Puse toda mi intensidad en esa operación hasta que la resistencia fue cediendo y, no exagero, paré del todo faltando escasos metros para el fin.

Efectivamente, una caída de unos 10 metros sufría un abrupto final en un depósito de rocas negras, brillantes como dagas por el agua que las cubría.

Calculo que no habría muerto al caer. Salvo la mala suerte de un impacto directo del cráneo con las piedras o del piolet atravesando mi hígado, la probabilidad más fiable tendría que haber sido romperme algunos huesos y sufrir alguna hemorragia de variable gravedad.

A partir de ahí solo podrían haberse iniciado dos caminos opuestos.

Uno era sobrevivir después de un terrible proceso de descenso a cargo de Malspecto y el Domke. A pesar de sus poco auspiciosos apelativos, no se dejen engañar. Ellos habrían visto la forma de sacarme de ahí con la mayor eficiencia posible. Por supuesto descender la morrena con un cuerpo de 80 kilos incapacitado hubiera sido una maniobra de complejidad y bastante inversión de tiempo, Lo más probable es que, superado el terreno más difícil, uno de mis compañeros habría bajado hacia Casapalca para traer la ayuda necesaria. Eso último, en el mejor de los casos, habría tomado mínimo unas 3 horas.

El otro es que, en ese mismo proceso de evacuación, mi cuerpo se diera por vencido a causa de la incapacidad para generar calor producto de las hemorragias internas y externas. La muerte habría llegado de forma paulatina, acelerándo su paso hacia el final junto con el incremento del dolor. La última etapa sería el colapso generalizado de mi sistema, precedido con seguridad por una serie de alucinaciones y gritos moribundos. Quizás alargados por horas. Habría sido un espectáculo terrorífico y doloroso para quien lo haya tenido que observar. RIP.

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Cualquier experiencia, por miserable que sea, siempre deja algo. Una huella que se registra en lo profundo del cerebro para sumarse a muchas otras en ese plano prensado formado por recuerdos y memorias.

El pánico de esos segundos quedó en mi solo como una anécdota.  Me sigo preguntando y temiendo qué puede sentir una persona al caer pues yo no caí.

La atracción por el abismo y el repudio simultaneo a él son caras de una misma moneda. Parte indisoluble de la naturaleza humana. Los psicólogos hablarían seguro de nuestro impulso tanático y de nuestro eros, manifiestos a la vez cuando estamos al filo de un precipicio. O en la azotea de una casa.

Entiendo perfectamente por qué no nos arrojamos. Pero no entiendo de donde nace el magnetismo del vacío. Es una fuerza poderosísima y extraña.

Pero, insisto, la crisis nunca se desató y  el hipotético final fue solo eso, hipotético. Hoy el hecho me es casi intrascendente más allá de la lección sobre seguridad real-como-la-vida-misma  que significó.

El sonido de los crampones, en cambio, al clavarse en la nieve ese día es algo que perdura en mi hasta hoy.

Jrash, jrash, jrash.

Es un sonido absolutamente particular.

Fascinante.

Leyenda de Foto: Hasta en una foto fea el Rajuntay luce  bien. Clase le llaman.

Si quieren conocer aspectos técnicos e históricos sobre ascensos al nevado Rajuntay, recomiendo visitar este completo artículo publicado en la revista online Montañas Peruanas del guía Alberto Hung. Pasen la voz si van por ahí.

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3 pensamientos en “Esa montaña de agua mineral

  1. Pingback: Un hueco en la bota de Menacho |

  2. Gracias José. Eso es lo mejor que le pueden decir a uno. Como una especie de medio segunda parte puedes leer el siguiente post.

  3. Excelente artículo, la manera en como narraste esa experiencia me hizo sentir casi como si estuviera ahí.

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