13. Desastre Iliotibial

Diciembre 3, 2009 por Aldo Arozena

Estuve tentado a echarle la culpa de mi realidad al destino pero es imposible por: 1.No creo en el destino -aunque suelo ser debil al respecto- . 2. Ni el destino ni ninguna fuerza sobrenatural, cósmica o esotérica son responsables de mi estado actual. El único culpable de haber convertido mis planes en frustraciones he sido yo y mi candelejona* actitud.

El valle del Rimac y su natural belleza. Modelo: Fredy P.

El valle del Rimac y su natural belleza. Modelo: Fredy P.

Todo ocurrió hace unos meses. Estaba embarcado en las primeras etapas de entrenamiento para mi gran y definitiva visita al Pariacaca –exacto: la montaña más esquiva del mundo- auspiciada por Herbalife. La emoción de haber conseguido lo más difícil que era el auspicio me había levantado el ego lo suficiente como para hacerme sentir que entre mi ser y el ídolo de los Yauyos –o sea el Pariacaca- mediaban solo distancias físicas. Craso error.

Mi amigo y compañero en la empresa Richi Rivadeneira había programado una visita a Laguna Arca, un destino poco frecuentado al cual se accede desde las cercanías de Matucana en la carretera central. A él lo motivaba sumar una ruta nueva a su ya extenso portafolio de experiencias montañeras y a mi entrenar con miras al match que suponía intentar el susodicho ascenso en las semanas posteriores.

Si en ese momento hubiera sabido que mi debacle estaría ligada al nombre de Laguna Arca, créanme que no lo podría haber creído. Si bien me era un lugar plenamente desconocido, gracias a las referencias que tuve de el por mi omnipresente amigo Fredy –quien también se apunto a la salida- me construí, sin rigurosidad alguna, un concepto de la ruta absolutamente irreal.

Como eso mitos que se perpetúan de generación en generación sin base científica alguna, yo me hice creer que ir a Laguna Arca era algo cercano a un paseo monse.

A la hora de armar mi mochila, producto de esa idea concebida sin contrastación de por medio, se produjo en mi interior un dialogo bobo más o menos así:

-¿Pantalón largo?

-No. Es casi un paseo. Short no más.

-¿Guantes?

-No. Es casi un paseo. A pelo no más.

-¿Frontal?

-Si. Pero es casi un paseo. No reviso las pilas

-¿Etc.?

-Etc.

De esa estúpida manera eché por tierra 12 años de práctica del montañismo. 12 años que me hacían sentir que, al menos para el trekking, yo mismo era. 12 años de gastar mi plata comprando mapas en el IGN para saber de antemano como eran los sitios donde pensaba ir. 12 años de llenarme la boca hablando de desniveles, horas de caminata, paisajes, montañas y pueblos. 12 años de pruebas y errores donde aprendí conceptos elementales sobre autosuficiencia y responsabilidad en montaña a base de guanearla más de una vez –p. e. ¿a qué gil se le ocurre llevar 2 litros de agua para atravesar en 2 días la península de Paracas en pleno Febrero?-.

12 años desperdiciados en 12 horas, tratando de llegar, en balde, a Laguna Arca, hoy convertida en sinónimo de lóbrego fracaso para mi vocabulario.

Mientras eran las 4 de la tarde y mi respiración se agotaba tratando de decir “No jalo más huevón… ”, Laguna Arca continuaba oculta. Estábamos en el punto denominado Morococha –no confundir  con la localidad minera en Junín- a 4400 metros de altura y el cuerpo me pedía chepa desde hacía rato. No podíamos vislumbrar por donde se hallaba la laguna de marras y, la verdad, poco me importaba.

No es Mordor pero como si lo fuera: Vista desde Morococha del camino de regreso a la civilización.

No es Mordor pero como si lo fuera: Vista desde Morococha del camino de regreso a la civilización.

Habíamos caminado desde las 7 de la mañana por la que suponía iba a ser una ruta de “unas 2 veces Palacala” según el cálculo hecho con Fredy. Decir “unas 2 veces Palacala” es hablar de caminar máximo unas 6 horas por terreno amable y sin mayores sobresaltos. Palacala, para quien no lo sepa, es uno de los destinos más populares de caminata cerca a Lima y quizá la ruta de iniciación en el montañismo por excelencia. A Palacala van señoras que se dedican a tejer en sus casas, acompañadas de sus hijos menores de edad y de sus maridos oficinistas.

Sin embargo en este supuesto paseo de domingo había subido muchísimo más desnivel y a mayores alturas que la susosdicha Palacala –que es una caída de agua por cierto- y había cruzado terrenos de lo más complicados, como una ladera empinada repleta de vigorosas ortigas y moscones que dejaron mis piernas y mis nalgas con una picazón de campeonato.

Cuando a las 4 de la tarde Ricardo nos propuso continuar al menos por una hora más, la sola idea de dar otro paso en medio de ese páramo infernal donde me encontraba me causaba pánico. “Estas loco compadre” pensé mientras ponía mi mejor cara de culo y me rascaba el poto hinchado y totalmente insensible.

El resto de la comitiva tampoco tenía mejor ánimo y emprendimos el largo camino de regreso. Ahí empezó mi descenso a los terrenos del carajo cuando, victima de mi propia desidia, una sucesión de eventos que me sonaban familiar se trajo abajo todos los proyectos planteados. La cosa fluyó más o menos así:

Escena 1.

Hace frío. No tengo guantes. Ergo camino con las manos en los bolsillos.

Escena 2.

Mi pican las ortigas mientras bajo. Solo tengo pantalón corto. Ergo bajo rápido y con las manos en los bolsillos.

Escena 3.

Anocheció. Mi frontal se quedo sin baterías. Ergo bajo rápido, con las manos en los bolsillos y a oscuras.

Escena final.

Acabo de meter la pata en un hueco. Me caigo. Ergo me saque la mugre, empiezo a cojear cada vez con más dolor, llego a Lima casi sin poder mover la pierna y al día siguiente estoy paralizado y jodido.

La última foto antes de sacarme la M. Si Dios no existe debería hacerlo después de ver esto.

La última foto antes de sacarme la M. Si Dios no existe debería hacerlo después de ver esto.

Nunca me he roto un hueso ni he sufrido mayores esguinces o desgarros musculares. Lo peor que me ha pasado fue una fisura en el peroné producto de un choque a mis tiernos  17 años. Sin embargo el dolor paralizante que sufría en la parte trasera de la rodilla era obviamente signo de cierta seriedad en la lesión. Después de visitar al traumatólogo, este  me recomendó un descanso de toda actividad física por un mes.

Pasados los 30 días salí a correr para probar como respondía la pierna. A los 10 minutos el dolor reapareció con la crudeza de hacía 4 semanas. Me preocupé.

Para salir de dudas el médico me mandó a hacer una resonancia magnética. Una experiencia interesante meterse en esa especie de sarcófago hiper tecnológico que son los aparatos de resonancia. Por desgracia, a pesar de lo futurista del método, el diagnostico no deja de ser devastador para mis expectativas: Síndrome de rozamiento iliotibial. Tratamiento: Rehabilitación y varios meses de para mínimo.

Veamos la radiografía de la situación:

Síndrome de rozamiento iliotibial es la inflamación de la banda ilitiobial por causa de un rozamiento constante. La banda iliotibial es el tejido grueso que baja a lo largo de la parte externa del muslo hasta insertarse en la rodilla como ligamento. Gracias a ella la rodilla tiene estabilidad a la hora de caminar.

Cuando se produce una contusión, como en mi caso producto de la caída, el tejido se inflama y se inicia el rozamiento conforme uno continua caminando. A más esfuerzo se realice, mayor será la inflamación. Esta lesión tiene el caché de ser muy común entre corredores de fondo y ciclistas profesionales. Como consuelo me queda el compartir mi desgracia con los grandes del deporte. Quizá Alberto Contador o Dean Karnazes habrán sufrido de síndrome de rozamiento iliotibial. Los comprendo muchachos.

El tratamiento en si no es complejo y va acompañado de un descanso prolongado al menos hasta vencer la inflamación inicial. Consiste en esencia en sesiones de rehabilitación con electrodos, calor, ultrasonido, magneto y, sobretodo, mucho estiramiento. En mi caso fueron necesarios tres meses para poder empezar a realizar ejercicio nuevamente pues mis extremidades guardan la facultad de la inelasticidad y la terapeuta sufrió mucho tratando  de soltar mis endurecidos músculos.

Pasado el tiempo prudencial mandado por el médico, recuerdo como un domingo me ponía mis zapatillas con cierto nerviosismo recorriéndome el cuerpo. Mi meta era correr solo 20 minutos a un ritmo de trote suave. Tampoco hubiera resistido más por cierto. El peso ganado y mi anquilosado sistema cardiovascular no me lo iban a permitir.

En perspectiva resulta cómico ver como mi mundo se había reducido del plan de ascender un nevado de 5750 metros, a estar pendiente de un punto minúsculo de mi cuerpo del cual no tenía ni la mínima noción de su existencia hasta hace solo unos meses. Como escribió el maestro español Francisco Umbral: “La vida, cuya única ley parecía ser la ironía”.

No me fue tan mal y desde ese día traté de recuperar el paso perdido. Empecé corriendo dos veces por semana aumentando cada vez el tiempo y el ritmo. Aunque no soy religioso no podía dejar de persignarme cada vez que arrancaba una carrera. Por semanas corrí temeroso y pendiente del punto crítico. Más de una vez, cuando sentía algo raro en la pierna, hablaba con mi viejo ausente mientras trotaba. Es ridículo pero es la verdad.

A poco de un mes me animé a salir a la montaña. Empecé con una visita a la catarata de  Palacala, el destino supuestamente tan parecido a la terrible Laguna Arca, como manera de empezar a cerrar ese círculo maldito en el que había caído.

Camino a Palacala, tan común y aún tan poco corriente.

Camino a Palacala, tan común y aún tan poco corriente.

Así como refresca el primer trago de una cerveza helada o el chapuzón refrescante en el mar un día caluroso, así me sentí ese sábado mientras caminaba hacia la catarata de Palacala. Poder sentir de nuevo el sol en tu rostro, oler a campo y ver las hermosas montañas de la sierra convirtió una visita a un lugar común en una jornada memorable. No era ni por mucho la vez que me había alejado más tiempo del monte pero fue sin duda, gracias a esos problemas y otras novedades, en uno de los reencuentros más significativos que he vivido.

Poco tiempo atrás Fiorella me había dicho que íbamos a ser padres por primera vez. Mientras regresaba de Palacala, me di cuenta que esta era mi primer visita a la montaña desde que mi hijo inició su aventura en la vida. Pensaba también que necesitaba al menos un mes y medio de salidas continuas –incluida una revancha obligada con Laguna Arca- para poder recuperar algo de la forma física para encarar al Pariacaca con posibilidades de éxito. Era conciente que para cuando eso suceda ya la temporada habría terminado y, la verdad, no me mando a correr riesgos con el clima.

Más tiempo aún necesitaría para recuperar el equilibrio interno que todos estos cambios me habían robado. Si no estas bien contigo mismo no vas a estar bien con tu entorno y así, al menos yo, no me atrevo a visitar a la montaña más esquiva del mundo. Para el otro año, si mi calato y mi esposa lo permiten, será.

Dejo para el siguiente post la descripción de la ruta a Laguna Arca. Es un camino realmente enrevesado que hasta ahora me cuesta entender y va a ser todo un reto explicar como recorrerlo.

*Candelejona: Finura para no usar “cojuda” en el primer párrafo de un artículo.