Toma un año llegar a Checta

Once meses y siete días para ser exactos. El siete de diciembre, después de una lesión sufrida el 1 de enero que me impidió hacer montaña por mucho tiempo,  mis bellas pezuñas tuvieron el honor de posarse en un destino montañero. Naturalmente me refiero a Checta, mi rincón favorito en el camino de ascenso al bosque de Zárate.

Checta es uno de esos regalos que te hace la montaña casi sin esforzarse. En medio de una ladera bastante empinada, después de subir cerca de 200 metros de desnivel, la roca aflora y forma un balcón natural de inmejorable vista al valle. Dormir en Checta, con el cielo recortado por el perfil del cerro Huacre y plagado de estrellas, es una experiencia que se paga sola.

Es por eso que, para honrar en algo las alicaídas funciones de este blog como promotor de las actividades de montaña, vale la pena hacer un breve repaso del camino que lleva hasta Checta. A ver si así alguien se anima a caer por ahí después de que pasen las lluvias de verano –si no lo sabes entérate: en la sierra es verano pero llueve-.

Empecemos por aclarar que Checta no es en si mismo un destino. Al menos no para la gran mayoría de gente que pasa por ahí. Es solo uno de los innumerables puntos con nombre propio –‘estancias’ sería el nombre exacto-  en el camino al bosque de Zárate.

Sin embargo, por ser esta temporada ya de lluvias y eso hace crecer mucho el verde en el monte borrando el camino, prefiero reseñar solo el camino hasta este punto para evitar que algún espabilado que decida aventurarse de una vez, se extravíe. Por eso y porque hasta Checta esta señalizado señores –como seguro no entienden lo que digo, mejor vean esto para hacerlo-.

Bueno, la cosa es así:

Siempre hay un inicio. Un puerto desde donde tus pies, tus ojos y sobretodo tú cerebro tienen ese último contacto con la civilización tal y como la entendemos normalmente. En este caso ese puerto es el pueblo de San Bartolomé, pequeño centro urbano ubicado a la altura del kilómetro 56 de la carretera central.

Llegar ahí es tan sencillo como chapar tu colectivo en el parque Cáceres –ex Echenique- de Chosica. El viaje toma 40 minutos. Si vas en carro propio solo tienes que seguir por la carretera central y en el kilómetro indicado, buscar un desvío hacia la derecha a la altura de Tornamesa, pueblo famoso por ser el sitio donde le tren da vuelta –de ahí su extraño nombre-. Desde el desvío se sube un camino asfaltado de poco más de un kilómetro hasta llegar al pueblo. Es inconfundible o sea que el margen de error es casi nulo.

El pueblo de San Bartolomé visto desde las alturas de la quebrada Río Seco. Dicen los lugareños -y Google Earth parece confirmarlo- que los cerros del fondo son Marcahuasi.

El pueblo de San Bartolomé visto desde las alturas de la quebrada Río Seco. Dicen los lugareños -y Google Earth parece confirmarlo- que los cerros del fondo son Marcahuasi.

En San Bartolomé se puede conseguir casi de todo –salvo Internet – y además se puede pasar la noche en uno de sus dos franciscanos hospedajes. La cosa es ubicarlos primero pues, por algún inexplicable motivo, no tienen aviso externo. Otra opción válida es pedir a préstamo a los dirigentes de la CC campesina –al final pongo el dato de contacto- el local comunal para tirar suelazo y dormir.

Más allá de la falta de interés en mercadotecnia hotelera, San Bartolomé posee otra característica digna de mención.

Pocas veces vamos a tener, con tanta claridad, la oportunidad de conocer el límite cultural exacto entre la sierra y la costa.

Suena a ejercicio antropológico barato pero lo cierto es que más allá de San Bartolomé la sierra, como patrón cultural, se impone. San Jerónimo de Surco por ejemplo, comunidad vecina a San Bartolomé por cuestión de meros kilómetros, posee ya una atmósfera distinta. A pesar de ser ambas zonas dedicadas a la agricultura, el perfil de quien se dedica a esta actividad es muy diferente en las dos.

En Surco empiezan los caseríos a regarse por las faldas de los cerros, los cultivos de pan llevar, la ganadería a pequeña escala, las hojotas. En fin, todos los elementos que van configurando lo que reconocemos en nuestro imaginario como Sierra y como campesino.

San Bartolomé en cambio, a pesar de reunir muchas características similares, no llega a construir una visión tan clara de esto. El paisaje humano ahí es más costeño, menos campesino y más de agricultor digamos. Aunque suene a prejuicio.

Por eso, pasear por el pueblo y tratar de reconocer con la sensibilidad y los ojos del forastero esas pequeñas y sutiles diferencias, se convierte en una actividad que es también parte del gusto de viajar. Ahora que vivimos el centenario del nacimiento de Arguedas y el tema de los límites internos de la cultura peruana cobra plena actualidad, bien vale la pena tratar de ver un poco más allá de lo meramente deportivo.

Pero bueno, sierra más o sierra menos, de San Bartolomé se parte para llegar a Checta y el punto exacto para hacerlo es el conocido como La Capilla. El nombre se debe a la capilla erigida ahí hasta el año pasado –tumbada por el progreso manifestado en forma de trocha carrozable- que cobijaba la característica cruz patronal local.

Para evitar errores ante la ausencia de la capilla actual, hay que preguntar a la gente del pueblo por el inicio de la ruta al bosque de Zárate. La respuesta no se presta a muchas confusiones pues el camino se inicia en este punto con dos señales claramente visibles. Una es un casi histórico plano de la ruta producto de un proyecto de desarrollo en los noventa, y la otra es una de las señales que instalamos con el Grupo de Apoyo al Bosque de Zárate el año pasado. La altura en este punto por cierto bordea los 1500 metros.

El inicio de la ruta con su inconfundible plano. Prohibido no verlo.

El inicio de la ruta con su inconfundible plano. Prohibido no verlo.

A partir de La Capilla el margen de error es bastante pequeño pues el camino es claro  y no presenta mayores desvíos. Solo nos obliga a ir remontando por uno de sus márgenes la quebrada Río Seco, que es el valle del río del mismo nombre que vierte sus aguas –cuando las tiene- al Rimac.

Los primeros 40 a 60 minutos –o más dependiendo del paso de cada uno- discurren  a través de campos de cultivo de tuna, el producto estrella de la agricultura local.

La tuna es un caso interesante pues se trata de un fruto que genera doble valor. Por un lado está la tuna misma y por otro la cochinilla, un parásito que se impregna en la penca de la planta –la penca es, por simplificar, algo así como la hoja de la tuna- y del cual se extrae el carmín, el tinte natural para sacar el color rojo.

Tunal en la primera parte del camino.

Tunal en la primera parte del camino.

La cochinilla es un producto de precio bastante variable. Tiene un desempeño similar al de los minerales. Si hay demanda internacional por tinte natural, el precio puede subir mucho. Si no, la miseria ensombrece a las localidades tuneras del mundo. El valor nace de la existencia o no de sustitutos sintéticos válidos.

Por ejemplo a fines de los ochenta, el valor de la cochinilla fue muy alto y en San Bartolomé se vivieron años de bonanza. Se construyeron casas, se compraron vehículos, se mudo a la familia a Lima bajo buenas condiciones; pero también se despilfarró. Como suele suceder en una realidad así, mientras unos invirtieron en bienes, otros invirtieron en el vil licor.

El 2010 el precio ha vuelto a subir producto del veto al sustituto artificial que resultó ser cancerigeno –chicas ya saben: suave con los lápiz de labios-, y ha transformado a San Bartolomé en algo así como Ica en temporada de espárragos: hay trabajo para todos. Es tanta la demanda por mano obra que nadie acepta otro trabajo en el valle fuera de  la cochinilla.

Economía aparte, me atrevo a dar un dato fundamental para el viajero y su experiencia. La tuna es tan abundante en la zona que se puede encontrar regada por el mismo camino. Alguna vez he cogida una y, después de pelarla bien, me la he comido. El sabor no es nada despreciable y no hay lugar a reclamos pues si está en el suelo es de quien la coja.

No ocurre lo mismo con aquellas que penden de la planta. Esas son del agricultor dueño de la chacra y, de no verlo por la zona, mejor ni tocarlas pues como en todos lados, aquí también es de mal gusto chapar lo ajeno. Pero si lo ven no duden en pedir su permiso para coger algunas. Con gusto les invitarán. En mi caso, me he llenado las alforjas de tunas un par de veces gracias a la generosidad local.

Mi pata El Abuelo aplicando la regla “si está en el suelo es mío” Provecho.

Mi pata El Abuelo aplicando la regla “si está en el suelo es mío” Provecho.

Superada la zona tunera, el camino termina abruptamente en una empinada y soleada ladera. Estamos aquí ya bordeando los 2000 metros de altura y es una de nuestras últimas oportunidades para gozar de un descanso bajo la cómoda sombra de un árbol. Después la caminata empieza ya en serio, con el dios Sol desatando su furia al máximo.

Esta ladera debemos subirla hasta llegar a su cima que es una explanada denominada Chunaca, uno de las zonas símbolo de la caminata. Por la exigencia de la trepada mucha gente primeriza e inocente piensa que el objetivo –sea Checta o el propio bosque- ya está a tiro de piedra. Nada más falso.

En mi experiencia he aprendido a valorar la transparencia y no desaprovecho la ocasión para indicar que con suerte acabamos de cubrir el 20% de la ruta. Si eres un poco sádico –no lo neguemos, bajo ciertos parámetros es rico serlo de vez en cuando- vas a disfrutar la cara de susto de tu interlocutor, quien se acordara en su mente de varias generaciones de antepasados tuyos no con mucho cariño.

Sin embargo el valor de ser tan claro, casi aguafiestas, es permitir a quienes realmente no dan más de si optar por la posibilidad de la sana retirada. Hay algunas variantes interesantes en este punto para esos casos pero nos abriríamos mucho del tema explicando rutas de retorno al pueblo alternativas. Mejor sigamos.

Ascenso hasta Chunaca (2000 msnm). San Bartolomé y sus terrenos agrícolas de  fondo.

Ascenso hasta Chunaca (2000 msnm). San Bartolomé y sus terrenos agrícolas de fondo.

Chunaca generalmente alberga asentamientos de pastores de cabras. Digo generalmente porque no siempre es así y, en teoría, ya no debería serlo gracias a las prohibiciones que han entrado en vigencia al crearse la Zona Reservada Bosque de Zárate –si no entienden nada, insisto, vean esto-.

Por supuesto, como nuestro querido Perú es tierra pródiga en instituciones débiles y falta de fiscalización, probablemente todavía encuentren a los pastores. Si es así aprovechen y tómense fotos con los hatos de cabras y los huachitos –cabras recién nacidas- pues son animales muy simpáticos. Por supuesto siempre respetando a los pastores y pidiendo su venia.

Dicho sea de paso, estos pastores son un caso vigente de tradición trashumante: Su actividad los lleva de un lugar a otro de estas montañas, según la época del año, aprovechando el recurso natural que es el pasto de las laderas.

La trashumancia es una actividad ecológica pues respeta los ciclos vitales de la naturaleza evitando su depredación. El problema es que cuando hay mucha demanda no hay recurso que aguante y en Quebrada Seca y sus alrededores ha existido un sobre pastoreo digno de plaga bíblica.

Por supuesto tan responsable es quien hace como quien deja hacer, por lo que tampoco es valido emprenderla a pedradas contra los pastores en nombre de la ecología. La gran mayoría proviene de San Andrés de Tupicocha, comunidad vecina a la de San Bartolomé pero a mayor altura, y desarrollan esta actividad por tradición familiar, algunos con antecedentes que se remontan, según mis cálculos, hasta fines del siglo XIX o principios del XX.

Don Fabio Espíritu de Tupicocha y su hato de cabras en el año 2000.

Don Fabio Espíritu de Tupicocha y su hato de cabras en el año 2000.

Por delante de Chunaca empieza lo verdaderamente bueno para quien gusta de caminar. A partir de aquí el sendero se empieza a bifurcar y estrechar convirtiéndose en un verdadero camino de montaña. Entramos además a una dimensión más salvaje, donde la trocha es parte de una red de vías que, a manera de urdimbre, se cruzan y enredan elevando las posibilidades de perderse en medio de un cerro sin mayor presencia humana.

Necesario decirlo, por algún motivo geográfico que aún no he analizado bien, el camino hacia Checta goza de una temperatura casi sahariana. No se trata solo de la exposición solar, de por si elevada, sino de la suma de otros factores como la sequedad de la propia tierra y vete a saber cuantas causas más. Por eso, antes de iniciar cualquier intento de aproximación a este destino es básico contar con una generosa provisión de agua, al menos de sus buenos 2 litros. El calor, para dejarlo claro, es del carajo.

Corto acá por ahora pues este texto ya se va haciendo largo y me he prometido hacer notas más breves y digeribles pensando en la salud ocular de los lectores. Prometo volver con la segunda parte dentro de unas semanas. Total está lloviendo fuerte  y no les recomiendo intentar poner sus pezuñas por Checta. Mojados llegarán.

Contacto en San Bartolomé para el préstamo del local comunal: Señora Betsabé Vásquez, presidenta de la comunidad campesina de San Bartolomé. Llamar a partir de las 9pm al 993654195. Insistir por varios días pues no siempre es posible contestar.

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4 pensamientos en “Toma un año llegar a Checta

  1. I don’t even know how I ended up right here, however I assumed this post was great. I don’t realize who you might be but definitely you’re going to a well-known blogger if you happen to are not already. Cheers!

  2. Por favor, la segunda parte o algún link si es que ya existe la segunda parte y no le encontré. Estoy pensando seriamente en ir al bosque y esta guía me parece bastante detallada e interesante.
    Se agradece por adelantado!

  3. Muy buen relato de la primera parte, me gustó la diferenciación costa – sierra, buen detalle!

Suelta tu lengua, todo se responde

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