10. Solo en Señal Perdida

By Aldo Arozena

-Sorry comparito (sic) pero no la hago… será para la próxima… J

La cosa parece que no resultó muy interesante para la gente. Con ese mail ya tenía una buena colección de excusas a mi invitación. Menos mal que, parafraseando un celebre sticker, yo también tengo un amigo que nunca falla y junto con él decidimos ver que hacer ese fin de semana.

Arista final y cumbre de Señal Perdida

Arista final y cumbre de Señal Perdida

Las lluvias del verano -porque aunque llueva no deja de ser verano- suelen resultar fatales para la sierra en general. No hay principio de año donde, por  algunas semanas, las rutas queden impracticables y el riesgo de pasar pero no poder volver esté latente. Mucha gente, adicta y apasionada de la montaña, suele ver esta situación como una especie de torniquete fatal. Les cortan la carretera y les cortan el acceso a la vida misma, esa vida que empieza cada fin de semana y se prolonga entre cerros hasta llegar el domingo en la noche. No dudo que muchos, si demoraran más de lo previsto en reabrir los caminos, sufrirían de una verdadera gangrena espiritual.

En el caso de los montañistas limeños, la vía clave es la carretera central y el Shangri-La la cuenca media y alta del valle del Rimac. Por ahí llegas a casi todas las rutas de trekking, de escalada en roca o de alta montaña locales. Ojo, casi todas. Pero hay tal Rimac-dependencia que pocas veces vemos otros objetivos, incluso más cercanos, con agrado.

En mi caso una de las primeras rutas que hice fuera del entorno de montaña limeño fue en la península de Paracas. Era fines de los 90 y mi primo me invitó a una salida con la gente de la Asociación de Andinismo de la de Lima. La ruta resultó buenísima y, a pesar de carecer de la exigencia propia de la altura, tampoco fue moco de pavo. La distancia recorrida era considerable y el segundo día especialmente atractivo. Cruzamos la península de un extremo a otro, diametralmente, rodeados de desierto y de una sensación de vacío increíble, una especie de vértigo horizontal absolutamente vertiginoso.

Después de esa experiencia no volví a terrenos más bajos y áridos hasta el 2004 cuando, también con  mi primo, hicimos la ruta Chontay – California. Se trata de una caminata muy atractiva gracias al detalle de unir los valles de Lurín con el del Rimac, siguiendo un camino pre Inca en perfecto estado de conservación que cruza los cerros desérticos que marcan la transición de la costa a la sierra. Subiendo y bajando quebradas serpenteantes el camino, además de histórico como pocos, es a la vez una excelente clase de geografía.

De esa ruta me quedó el interés, nunca satisfecho, de continuar explorando ese tipo de espacios: quebradas secas, casi desérticas, que nacen a orillas de los cursos bajos de ríos apunto de desembocar en el Pacífico. Quebradas llenas de rocas, sol y, curiosamente, más vida de la que uno podría imaginar.

Algo fui aprendiendo en los años posteriores gracias a algunas visitas que hice con mi hermano a Pachacamac para montar bicicleta. Recorriendo los alrededores escuché hablar de lugares como quebrada Verde, el Cardal o el Manzano y, más arriba, ya llegando a Cieneguilla, quebrada Tinajas, un verdadero y enorme valle árido que penetra en dirección Este hacia la sierra y donde solo sobreviven los pollos de las avícolas ubicadas en sus primeros kilómetros. Verdadero terreno de aventura.

Buscando información sobre este lugar llegué a ubicar en la web de Climbing Perú una serie de rutas muy cercanas a quebrada Tinajas cortesía de, según me dicen, Bruno Castro. Bruno, a quien no conozco personalmente, es una de las personas que más conoce de caminatas en las cercanías de Lima. De entre todos sus itinerarios publicados uno me llamó la atención por su enigmático nombre: Cerro Señal Perdida. Una vez cerrada la carretera central y con Cieneguilla como segundo valle más cercano a la capital, apuntamos con mi buen amigo Fredy, “el amigo que nunca falla”, nuestras baterías hacia ese objetivo.

Acceder hasta el punto de partida no es nada complicado pues las couster que van a Cieneguilla llegan hasta la quebrada Río Seco, inicio de la misma. Para quien vaya en auto propio puede dejarlo a buen recaudo en alguno de los restaurantes campestres cercanos. Solo tengan en cuenta que muchos lugareños desconocen el nombre de la quebrada por lo que la mejor referencia es estar atentos a la primera quebrada amplia que se abre una vez hemos pasado el ingreso a la zona denominada Huaycan. Y ojo, no confundirla con el Huaycan ubicado en el valle del Rimac, esta es otra quebrada que no tiene nada que ver con aquella. Todas estas referencias se hayan al pie de la misma carretera que atraviesa Cieneguilla una vez cruzamos el puente que nos lleva a la orilla derecha –viniendo de Lima- del río Lurín. Imposible perderse.

 Aquel día Fredy y yo cruzamos la información de la breve reseña de Internet con la realidad y con el mapa de la zona –hoja 25-J, “Lurín”, de la carta nacional del IGN-. La cosa, tanto en mapa como en texto, pintaba sencilla. Subir por un cordón de pequeños cerros que dividen las quebradas Río Seco y Huaycan hasta llegar a la arista del Señal Perdida y de ahí trepar a la cumbre. 6 kilómetros teóricos hasta arriba y un desnivel de 1100 metros que se pueden hacer, a paso ligero, en unas 7 horas ida y vuelta.

Empezamos a trepar hacia las primeras aristas que llevan hacia los cerros del cordón –que son los ubicados a mano derecha de la quebrada, viendo hacia el fondo de ella- poco antes de superar las últimas casas del centro poblado ubicado en la entrada a Río Seco. Rápidamente se detecta un camino serpenteante y ascendente el cual no abandonaremos hasta llegar hasta la cima misma del sistema. En esta primera etapa cerros más cercanos no permiten ver a Señal Perdida pero en realidad es muy difícil perderse. Solo debemos continuar subiendo por el camino.

Habríamos trepado por unos 5 minutos cuando surgió un problema insuperable. Las zapatillas de Fredy no estaban en condiciones para darle la tracción necesaria en un sendero de tierra seca y resbalosa y rápidamente debimos abandonar nuestras intenciones. Sin embargo ya estábamos ahí y la idea era aprovechar el tiempo y caminar. Bajamos hasta la parte llana de la quebrada y decidimos remontarla para ver hasta donde nos llevaba. De pasada intentaríamos detectar cual cerro era Señal Perdida y ver las posibilidades de llegar a su cima por otro camino.

Después de caminar por cerca de una hora y media llegamos a una quebrada secundaria más angosta y empinada. Según el mapa su parte alta conectaba con el último tramo de la arista. Ascendimos hasta donde pudimos pero la bendita arista resultó estar más arriba de lo aparente. Media vuelta y a casa.

Habitué de esta columna: Fredy Portocarrero.

Habitué de esta columna: Fredy Portocarrero.

Toda la semana siguiente un sentimiento de frustración me carcomía. Iba acompañado además de una duda y curiosidad naturales. En el mapa del IGN Señal Perdida no aparecía indicado como el nombre de un cerro. Es decir, cuando el nombre de un accidente geográfico es señalado en los mapas siempre va precedida del tipo de accidente que es. Por ejemplo el cerro Mal Paso, vecino de Señal Perdida, es denominado “Cerro Mal Paso”. No es el caso de Señal Perdida donde la palabra Cerro no aparece por ninguna parte. Ergo no se trata del nombre del cerro. Lo único que se indica, mediante el dibujo de un triángulo bajo el nombre, es que es una señal geodésica, o sea un hito para el trabajo cartográfico. Mi curiosidad entonces iba por el apelativo de Perdida. Algo tenía que haber arriba, algo obviamente inesperado, algo que probablemente nadie se explica como llegó ahí y que por supuesto Bruno Castro no revelaba en su guía.

Quince días después estacionaba mi viejo Nissan Sentra en uno de los restaurantes locales. Ataviado de agua, mapa, cámara, casaca y demás instrumental empecé a caminar con mis bastones en ristre para trepar hasta el punto del cordón donde nos habíamos quedado en aquella primera visita. Iba solo pues era día laborable y francamente, en un acto de genuino egoísmo, tenía ganas de saciar mi curiosidad sin compañía.

Conforme ascendía el camino parecía, a lo lejos, más empinado de lo esperado. Teniendo en cuenta su característica sequedad me preocupaba resbalar en algún punto y resbalarme algunos metros cuesta abajo. Sin embargo no hay que dejarse engañar. El ascenso resulta suave incluso en los tramos más inclinados y salvo un par de puntos donde preferí sortear algunas pequeñas cimas secundarias, bordeándolas por los costados, el riesgo es mínimo.

Esta relativa ausencia de riesgo sin embargo poco sirvió para aplacar el miedo que me acompañó durante una parte del trayecto. Lo reconozco, solitario en la montaña suelo mutar en una acobardada versión de mi mismo, incapaz de desembarazarse de su atávico temor al desamparo.

Mientras subía por los cerros camino a Señal Perdida, y conforme el verde del valle del Lurín se iba haciendo cada vez más pequeño hasta llegar a desaparecer, yo era el único perdido. Perdido en ese desierto por donde me iba elevando y donde la opción de que algo malo ocurriera me hacía estar alerta y preocupado.

Pocas son las veces que me he adentrado sin compañía a lugares realmente desolados donde la presencia humana sea mínima e imperceptible. Pero en esas raras ocasiones siempre he experimentado algo de esa sensación que viví en Señal Perdida. La primera fue camino al bosque de Zárate donde, una vez abandoné la sección del sendero que conocía, una idea se apoderó de mí. Me sentí solo y eso me asustó. Avergonzado por parecer una Caperucita Roja extraviada en medio del bosque seguí adelante justamente hasta llegar a él. Eran las 4 de la tarde cuando empecé el camino de vuelta bastante reconfortado por dejar atrás lo desconocido. Más que un regreso fue una huida.

Otra que recuerdo claramente fue el 2007. Ese año había sufrido la hepatitis que me impidió ir al Pariacaca –ya lo saben, la montaña más esquiva del mundo- y como un ser herido que busca su redención personal decidí hacer algo que probara que todavía podía estar a la altura de las circunstancias. Era el día de mi cumpleaños y decidí ir al San Andrés, una de las pocas montañas en Ticlio que aún posee algo de masa glaciar. Me subí a un carro en Yerbateros y me baje en el puerto de Ticlio. Subí por la ruta normal de la montaña hasta llegar a los agonizantes restos de hielo que aún quedan en ella. Era fines de noviembre y el clima ya estaba algo inestable. Frente al glaciar, mientras los primeros golpes de granizo retumbaban en la capucha que cubría mi cabeza, sentí que este me iba a tragar.

Es raro, lo se. Había estado varias veces en ese mismo lugar, incluso he pasado una noche –horrible por cierto- en su campo morrena, pero esa vez, solo, sentí que ese manto de hielo iba a ponerme en peligro. No puedo explicar porqué pero fue así. El temor se instaló en mi cabeza y, en cuanto posé mi bota en el glaciar para dejar huella de mi llegada, empecé a bajar con las mismas. Nuevamente huyendo.

Ese día aprendí una lección valiosa: hay que estar en sintonía con uno mismo para poder estarlo con la montaña. Si no es así la cosa no funciona. Dudo algún día ascender una montaña en solitario. Eso es algo propio de gente con verdadera experiencia y muchos más huevos. Conozco varios por cierto pero yo no estoy para jugar en esa liga. Me tendré que conformar con pequeñas caminatas solitarias. Caminatas como la de Señal Perdida donde, mientras el vacío de la inmensidad a mí alrededor me sobrecogía, me relajaba recolectando caparazones de caracola que por allá arriba abundan.

Así llegué hasta el último trecho que me llevaría a la cima: la arista final. Esta transcurre por un terreno mucho más pedregoso que el dejado atrás y que, a pesar de ser más empinado, es más seguro pues es difícil resbalar en él. La presencia de rocas además permite la mayor afloración de vida. Gracias a su sombra y a la capacidad de las montañas para retener humedad, los arbustos germinan aportando pequeños recodos de color a un panorama que, en su mayoría, es dominado por cactus, tierra y rocas ocres.

Verde en Señal Perdida

Verde en Señal Perdida

Superando la arista, tras tres horas y media de haber partido, estaba en la cima. Una cima que resultó ser mucho más amplia de lo esperado pues es dominada por una explanada bastante espaciosa que vale la pena recorrer. Desde ella, gracias a sus 1557 metros de altura, el paisaje nos premia con la visión de quebrada Tinajas rodeada del mar de cerros que pronto se convertirán en una de las cordilleras más impresionantes del mundo: los Andes.

En un inicio mi idea era bajar hacia Tinajas -algo factible- y regresar hasta Cieneguilla por ahí. Un rodeo largo de, al menos, otras 4 o 5 horas de caminata que, a esas alturas, preferí desechar. Se lo dejo de tarea a otro. Después de un descanso emprendí el descenso retomando el camino antes ascendido. En esas estaba cuando, ya saliendo de la arista cimera, una sombra me pasó por encima. Me quede de una pieza. Levanté la vista y observe una imagen única e irrepetible: 4 cóndores sobrevolaban el cielo azul justo a la altura de la cima de Señal Perdida.

Nunca, hasta ese día, había visto cóndores en estado natural. Las dos veces que visité el Colca me quedé esperando su aparición sin éxito y de pronto, en medio de un cerro costeño y sin haberlo esperado, el firmamento se lleno de su majestuoso vuelo. Planeaban encima de mí jugando con el viento y siendo parte de él. Todo fue muy breve, un par de minutos tal vez, pero esa visión fascinante le dio el toque final a un día especial de por si.

Lo más cerca que estuvo mi cámara a los cóndores. Si reconocen el perfil de un gallinazo avisen.

Lo más cerca que estuvo mi cámara a los cóndores. Si reconocen el perfil de un gallinazo avisen.

Dos horas después, llegué nuevamente a mi carro. Lleno de polvo y cansado pero feliz, mezcla habitual cuando uno culmina una jornada como esta.

En lo personal no llevaría gente con poca experiencia a Señal Perdida. Mucha tierra, calor inclemente, algo de exposición y peligro para quien no pisa bien y un desnivel más exigente de lo esperado por un novato. Para todos los demás ahí lo tienen. Vayan. Y vayan solos si lo desean. Total así solamente tendrán espacio para dos cosas en su cabeza: ustedes mismos y el mundo, ese mundo diferente que encontrarán ahí arriba. Eso sí, si extrañan el de abajo, arriba hay señal de celular. Yo fui sin saldo.

Y bueno, para terminar, ¿por qué se llama Señal Perdida? No seas sapo pues compa’rito. Si quieres saberlo  no me chotees cuando te invite. Saludos.


7 comentarios para “10. Solo en Señal Perdida”

  1. Mario Dice:

    Hola.

    No soy un caminante militante, soy un mal caminante, pero me gusta la vaina. A los 13 años me largué de Huacho desierto adentro un par de horas solamente con un litro de agua en botella sin tapa y guiándome por la forma de los cerros. Alguna vez me he ido a Marcahuasi cargando unos 10 kilos (grave error con mochila inadecuada y sin experiencia) y llegué vivo. A la siguiente vez mandé la mochila en burro y me fui contando chistes con un pata por el camino corto. Llegué ahogado pero muerto de risa. He entrado y salido 4 veces de Choquequirao cansado hasta un punto que yo no sabía que el cansancio podía alcanzar (especialmente con la trepada después de cruzar el río), y mi entrenamiento previo fue cero. Me demoro un siglo, pero llego. De paso, Choquequirao es mejor que el Colca para ver cóndores, hay por ahí un grupo que parece que trabaja para el INC porque todos los días vuelan 2 o 3 veces sobre las construcciones incas sin falta.
    Ahora mi pregunta: ¿tú crees que esta ruta tan interesante esté como para un sinverguenza como yo, incluyendo solo un bastoncito (que fue fabuloso como freno cuando me bajé a la carrera el camino de la cara cusqueña del cañón del Apurímac volviendo de Choquequirao a Cachora) y una mochila correctamente ergonómica con su bolsa de agua, y por ahí algún amigo que se oriente mejor que yo con algo de tecnología y no sea tan palomilla de confiar solo en la forma de los cerros como referencia? hace un buen tiempo que tengo ganas de volver a entrarle a la toerra y las piedras, y mis amigos son unas viejas imposibles de mover de su sitio. Espero tu consejo, o cocacho, o lo que venga.

  2. Carmen Felipe-Morales B Dice:

    Te felicito por la fuerza de voluntad que tienes en arriesgarte a subir los cerros y buscar el contacto con la geografía agreste propia de nuestro país, venciendo el temor natural a lo desconocido. Yo de más joven también lo he hecho y como tú he compartido la majestuosidad de los andes y de la naturaleza.

    Cuando gustes visítanos para conversar al respecto. Mi esposo y yo tenemos una finca ecológica en el valle de Lurín.

    Saludos

  3. José Manuel Dice:

    Hola Aldo,

    Te cuento que alguna estube planeando ir a este cerro, de hecho fui con un amigo a reconocer el lugar y hablé con algunos pobladores, quienes nos dijeron que hay una mina y que es propiedad provada, lo que nos hizo desistir. Hay que visitar los cerros de Lima mientras podamos. Con toda humildad, también me interesa sorbemanera estas “montañas áridas”, y dos cerros que me llaman mucho la atención son El colorado sur y el colorado norte, que son verdaderos miradores de Lima. Alucina que el segundo tiene más de 2000 msnm, tuve ocasión de visitarlo hace unos meses, puedes ver la info en el blog de GEOTREKK. (Sitio web adjunto) Saludos.

  4. Aldo Arozena Dice:

    Hola,
    Gracias a todos por los comentarios. A Mario decirle que con el ánimo que demuestras al escribir ya tienes de sobra para llegar hasta arriba de Señal Perdida. He sufrido también la subida a Choquequirao desde el río Apurimac y creeme que este cerro es mucho más sencillo. Eso si ten en cuenta el tema de el camino de tierra que es algo resbaloso por momentos. Y no te preocupes por el tema de la orientación, una vez encuentres el camino en la parte alta del cordón ya solo es cuestión de continuar por ahí hasta arriba. Imposible perderse pues es cerro es inconfundible.
    A Carmen gracias por la invitación. Sería muy bonito llegar a concretarla y conocer lo que has hecho con tu esposo en Lurín.
    Saludos a todos,
    Aldo

  5. Guillermo Reaño Dice:

    Hola Aldo, qué paja el trip a Señal Perdida, vengo del Cusco, estuve con Pepe Alvarez Blas, fotógrafo y propietario del Hotel Aranwa y juntos nos mandamos a hacer la caminata Chincheros-Huayllabamba, un descenso desde la pampa de Anta hasta el Valle Sagrado sensacional…lo recomiendo, un abrazo y muchas felicidades, ya me contaron que la familia va a crecer. Buenazo!

  6. Oscar Vilca Dice:

    Que buena “señal” Aldo, pones las pilas para salir a caminar, el subir montañas sin más compañía que la soledad es una hermosa experiencia, como dices hay que estar en sintonía con uno mismo para estarlo con ellas, que tal suerte terminar disfrutando del vuelo de los cóndores, me cuentan que se ven más de estas aves en el cañón de Santa Eulalia (a 3 horas de Chosica) que en el mismo Colca, espero pronto caminar por ahí.
    Saludos,
    Oscar

  7. Bruno Castro Dice:

    Felicitaciones por la crónica Aldo!

    Efectivamente, estas rutas son poco o casi nada visitadas -yo heredé estas predilecciones de José Carbone- pero antes eran lugares con regular tránsito entre sus cimas; como bien podrás comprobar si asciendes las otras dos cimas adyacentes: Barranco Grande y Mal Paso. Ver cóndores volando sobre sus cumbres es un hecho tan habitual como insospechado para los habitantes de sus tierras bajas.
    Sobre el por qué del nombre intimidante otorgado por los militares, no hay mayor trasfondo que el de la árida geografía del lugar, así que luego de haberlo visitado cada uno podrá encontrar su propio significado.
    Sí luego de hacer las otras dos cumbres deseas continuar por las aristas cimeras de estos cerros, ellas te conducirán al célebre Santo Domingo de los Olleros. Por esta razón he bautizado a esta ruta como la del Urin Atoq Ñam, o el Camino del Zorro de Abajo, en alusión a los mitos narrados en “Dioses y Hombres de Huarochiri” y que tienem mucha coincidencia con la ruta sugerida.

    Saludos desde el Cusco,

    Bruno

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