Ante todo las disculpas del caso por abandonar la columna por tanto tiempo. Podría poner mil excusas pero mejor no perder el tiempo en eso. La buena noticia es que este tiempo perdido fue dedicado a poner en marcha un proyecto que, si los apus lo permiten, debería llevarme a mi y a un grupo de buenos amigos a un intento de ascenso al Pariacaca. No cuento más para no tentar a los dioses pero, si todo sale bien, en estos meses que se avecinan las entregas tendrán la continuidad se merece el público de VOL. A continuación, para retomar las cosas donde las dejamos, la reseña –muy personal- del Apu Raid.

- Buena parte de la gente que participó en el Apu Raid 2008. Un saludo para todos.

Después de ver a todos estos fulanos que me rodean siento una enorme preocupación. Todos se ven sumamente tranquilos. Todos sonríen. A mí en cambio solo se me pasa por la cabeza que hace unos minutos estaba en el baño del hotel donde me alojé viviendo un instante de angustia. Fui a mojarme la cara y cuando el espejo reflejó mis miedos en el rostro no pude evitar que mi voz interior se manifestara. Del fondo de mis entrañas salió un tímido grito de guerra: ¡Tú puedes! suspiré e inmediatamente pensé que siempre que uno duda de sus posibilidades para conseguir algo, una fuerza más poderosa, y bastante necia, aparece de alguna parte del alma para inflar lo desinflado y levantar el ánimo. Todo al menos por el tiempo suficiente como para tirarte de cabeza a la piscina y empezar a nadar desesperado.
Sirvió. Al fin y al cabo yo también, manojo de nervios y todo, me convierto en parte de los fulanos que sonríen. Busco con los ojos a Fiore y a Paty y les lanzo una mirada que espero denote el agradecimiento por haberme acompañado hasta acá. Se da la partida y los sentimentalismos quedan atrás. Los treinta y tantos tipos de polo amarillo dejamos de sonreír y empezamos a correr. Bueno, seamos honestos, unos corren y otros, más humildes, trotamos. San Jerónimo de Surco empieza a quedar a mis espaldas y por delante, nada más que diecisieta kilómetros de incógnitas.
Mientras cavilo sobre mis posibilidades de éxito busco el ritmo ideal que desde un principio reconozco como la única posibilidad de arañar el éxito en esta carrera. Como comenté la vez pasada, solo he conseguido correr por una hora seguida. Pasada esa hora, en la cual calculo recorrer unos diez u once kilómetros, estaré entrando en territorio desconocido. La ruta del Apu Raid, la carrera en la que estoy participando, es además distinta. No es plana como el malecón donde me entrené y remata 8 kilómetros de ascenso moderado con un abrupto ascenso de algo más de quinientos metros. Después todo es cuesta abajo. Mi plan es llegar hasta Huariquiña, el pueblo donde empieza el ascenso, cuidar las piernas en la subida y en el regreso jugarme el todo por el todo intentando superar rivales, espero, más cansados que yo.
Contra todo pronostico, superados los primeros dos kilómetros de recorrido, la cosa toma forma. Creo haber encontrado mi ritmo e incluso el método necesario para mantener el equilibrio mental que me lleve hasta el final. Porque si algo he aprendido es que todo pasa por la mente. El éxito aquí es una cuestión de actitud. Si tienes la actitud correcta llegas hasta el final. Cumples tu meta. Si no la tienes no.
Sin embargo no se que tan interiorizado tenga este rollo mental. La verdad un par de días antes de competir me metí a Internet a buscar información sobre Kilian Jornet, el campeón mundial de carreras por montaña. Killian es un joven catalán que desde su adolescencia, cual guagua nuclear, se ha dedicado a ganar todas las competencias y superar todos las marcas en el mundo de las carreras por montaña. Él es la prueba andante de la superación, de la enteraza mental, del triunfo de la ambición sobre el dolor. No exagero, el tipo está loco, al menos para los neófitos como yo. Mi esperanza, bastante ingenua, era encontrar la inspiración en su ejemplo, en sus palabras.
Hace muchos años, cuando postulé a la universidad, recuerdo haber estado en una circunstancia similar. Como había sido jalado en matemáticas en el colegio decidí pasar el verano post graduación preparándome en esa materia. Mi objetivo era nivelarme en números y postular en agosto después de reforzar algo de letras. Sin embargo mis padres me animaron a postular en marzo para ganar experiencia. No se como un día antes del examen, ese día dedicado a distraerte y despejar la mente, cayó en mis manos una cinta VHS del motivador mexicano Miguel Ángel Cornejo. No tenía idea de quien era ese tipo pero cuando lo empecé a ver me quedé pegado. Todo su monologo duró algo más de una hora y, sinceramente, desde esa vez no he vuelto a dudar del poder de la palabra. El tipo en si es un vendedor de cebo de culebra pero, tras apagar la tele, yo era otro. Mi mente había sintonizado con la prueba que tenía por delante y al día siguiente, confiando en mis posibilidades, acabé el examen en mucho menos del tiempo previsto. Para la tarde ya era un cachimbo más.
Killian Jornet tiene un ideario colgado en su página web. Ahí el joven de Barcelona se despacha a su gusto con ideas de superación, frases rimbombantes e hipérboles bastante huachafas. Pero él es el campeón mundial de carreras por montaña y el hombre que a los 20 años destrozó el record del Ultra Trail del MontBlanc corriendo en menos de 21 horas 166 kilómetros por el macizo franco-italiano. Sus textos pueden sonar a pachotadas pero tienen fundamento. Si escribe que “el dolor no existe, está en tu cabeza, contrólalo, destrúyelo, elimínalo, y sigue” habrá que creerle.
Y así es. Una vez ubicado en mi ritmo decido poner cuarta a mi ritmo mental tratando de obviar los kilómetros y el cansancio y distraerme. De forma espontánea, la propia competencia me da la respuesta. Desde hace rato juego con un flaco a pasarnos uno al otro. Lo paso, me pasa. Lo paso, me pasa. Ninguno va más allá de esas pequeñas satisfacciones. Nadie se pica. He convertido la carrera en un duelo con una sola persona liberando a la mente de tensiones a largo plazo. Pongo un ejemplo.
Cuando llego al puesto de control de Yogi, el apodo del encargado de Defensa Civil de Matucana que ayuda en la organización, el calor ya me está sofocando. Veo su cartelito indicando que recién van 5 kilómetros y me acuerdo de todos sus antepasados. El flaco aprovecha y me pasa. Inmediatamente el kilometraje y la familia de Yogi pasan a segundo plano. Me concentro en el flaco insolente que me intenta dejar atrás. Después de un rato lo paso, ¡ja! Una pequeña alegría que deja el cansancio atrás.
Llegamos a Huariquiña y decido, en un arrebato de audacia y estupidez simultáneo, concentrarme en dejar al flaco atrás de una vez por todas. No quiero ver más la diminuta sombra de su cabeza apareciendo por los costados. No pienso volver a escuchar su respiración caduca en la nuca. No voy a morder el polvo que dejan atrás sus chuecas zancadas al correr. Voy a hacerle caso a Killian por más tonto que pueda sonar. Voy a hacer mía su definición del espíritu del Kamikaze: “No tener miedo de la muerte, de dejar una mujer y unos hijos sin padre. No temer caer tetrapléjico, no temer que tu corazón se pare.” Te jodiste flaco.
Es increíble que fácil pasamos del éxito al fracaso. Es un camino por donde se transita sin problemas. Un espíritu sólido como el concreto se convierte, en un instante, en una pila de adoquines de barro tirados en el piso. Mientras subía los famosos quinientos metros de desnivel me esforcé por hacer del Flaco -a estas alturas ya merece escribirse en mayúscula- un minúsculo punto. En paralelo no percibí como mi cuerpo llegaba a sus límites.
Saludo a Carlos Neyra del comité organizador cuando llego al punto más alto. Empiezo la bajada optimista. A mitad de bajada me cruzo al Flaco. Sonrío victorioso. Minutos después, ya fuera de Huariquiña, decido refrescarme con un rehidratante ofrecido por la organización. Esta asquerosa, dulzona y caliente que me origina una incontinencia metros más adelante. Mientras resuelvo el inconveniente el Flaco me pasa. Pongo final brusco a la evacuación y salgo detrás de él. Ha de estar ya a unos 30 metros. Lentamente la distancia se va acortando. 20, 15, 10 metros. Llego casi a unos cinco metros cuando de pronto una sensación punzante se apodera de mi estomago. ¡Au carajo! grito y me cojo la panza. Respiro, resoplo, casi rebuzno. No puede ser. No puedo seguir. El agudo dolor no me permite dar un paso más, al menos no corriendo. Cuando levanto la vista veo al Flaco desaparecer embalado.
El resto de la carrera traté de correr por algunos trechos pero fue imposible hacerlo por más de pocos minutos. La resignación ya me había tomado por asalto y el malestar no me dejaba en paz. Tiempo después Fredy, mi amigo que había participado en el Desafío Huarochirí -ver post anterior-, me comentó que ese dolor se localizaba en el bazo y que el truco para superarlo era ejercer una presión fuerte y sostenida sobre él. No lo he probado aún.
Recién al entrar a San Jerónimo de Surco y ver el aviso de “Llegada” enmarcando la meta, el malestar quedó atrás. Por esos escasos metros, recuperé el brío de mis primeros kilómetros. Cruzar la meta, sinceramente, fue bastante emotivo. Recuerdo abrazar a alguien y golpearme el pecho con orgullo. Al fin y al cabo lo había logrado.
Contra todos mis pronósticos, no hice un mal papel. Quedé entre los 10 primeros puestos pero sobretodo me hice dueño de la sensación de haber probado muchas cosas. Una de las más importantes fue conocer algo de lo que sentían los corredores del Desafío Huarochirí. Mientras participaba cubriendo las carreras del año pasado, no me sentía capaz de realizar lo que ellos estaban haciendo. ¿Con qué autoridad, como comunicador, podía entonces tratar de explicar su experiencia? Siempre me ha gustado escribir sobre actividades de montaña porque muchas las vivo en carne propia. Participar en el Apu Raid fue meterme en los pantalones de los corredores del Desafío Huarochirí y créanme que desde ese día los respeto aún más.
Momentos después de terminar la carrera otra idea me rondaba la cabeza. Si bien casi todo el trayecto se daba sobre la trocha de la antigua Carretera Central, la sensación de haber hecho montaña estaba ahí. Siempre he visto el montañismo como algo ajeno a la competencia, una actividad personal, con méritos distintos a los de otros deportes en esencia porque es mucho más que un deporte. En la montaña vale más el paisaje o el hecho de concretar a tus metas que el tiempo invertido o el puesto donde llegas. Nunca entendí, por ejemplo, a los que van a la Cordillera del Huayhuash para tratar de hacer el recorrido de diez días en solo cuatro. ¿Como perder la oportunidad de vivir en la montaña días enteros y disfrutar de cada una de sus bellezas a la manera como lo hace, despacio y con gozo, aquel que sabe valorar un buen vino? Continúo sin entenderlos pero me quedo con un concepto: corrí, competí pero también hice montaña. La disfruté de una manera distinta. Contrarreloj y contra otros, una variable más dentro de su siempre impredecible universo.
Finalmente, nobleza obliga, un comentario sobre el Flaco. Flaco, donde sea que estés, te felicito. Fuiste superior. El dolor no te doblegó. Me ganaste… cabrón.