7. Hoy entreno, publicado el 2 de octubre de 2008

By Aldo Arozena

Cuando se publique esta nota el ApuRaid 2008 ya se habrá realizado. El ApuRaid es una competencia multidisciplinaria -reúne etapas de ciclismo, caminata y manejo de cuerdas- realizada en montaña y orientada a equipos. Este año sus organizadores han contemplado realizar una versión más sencilla y, entre las varias modalidades presentes, hay una de carrera individual por montaña. En estos momentos, mientras los ganadores de la carrera seguramente saborean las nunca embotadoras mieles de la victoria yo, avizoro, estaré tirado en mi cama comatoso y solicitando, con humilde angustia, unos masajes. Y es que este año sí reuní el valor suficiente y voy a participar.

No hay foto que grafique como me siento ahora. Compenso, para darme ánimo, con un par de testimonios visuales de efímeros logros pasados: Con mi hermano en candorosa alegría en Antioquia y totalmente resina en el Vallunaraju.

Todo, debo decirlo, es culpa de Fredy Portocarrero. Mi amigo Fredy Portocarrero. Cuando Ricardo Rivadeneira de Vértigo Perú me invitó a ser parte de la organización del Desafío Huarochirí -un campeonato de carreras por montaña realizado entre los meses de julio y septiembre que acaban de pasar- se lo comenté a Fredy y él, siempre animoso, no dejó pasar la oportunidad de inscribirse para competir.
Conozco a Fredy desde el año 2001. Tiene poco más de cuarenta años. Yo tengo treinta. Compartimos la afición por la montaña y muchas veces hemos hablado sobre rutas que deberíamos hacer juntos. No concretamos esas intenciones hasta este año cuando fuimos al Bosque de Zárate por motivo de la convocatoria que hice a través de está página hace unos meses. Fredy tuvo en esa ocasión un desempeño excelente que se encargó de repetir posteriormente en el Desafío.

Si bien no ocupó las primeras ubicaciones, Fredy tuvo la fuerza suficiente para finalizar rutas durísimas y sobretodo para no dejar de participar en ninguna de las fechas. Enfrentó recorridos de quince kilómetros, ascensos de más de ochocientos metros y luchó contra el duro sol de los meses de canícula serrana. Sin más entrenamiento que su afición por el frontón, en cada carrera me demostró su coraje y capacidad de entrega. Admirado, y debo aceptar que hasta cierto punto avergonzado, me prometí a mi mismo que en cuanto se me presente la oportunidad yo también debía ponerme a la altura de mi amigo y dejar de una vez por todas la actitud floja y lánguida de estos últimos meses. Debía vivir en carne propia y sufrir como lo hizo él, si es que deseaba algún día llegar a la cima del Pariacaca y ganarme el derecho a poder decirme a mi mismo montañista.

La oportunidad no se hizo esperar. Hace poco más de un mes me enteré de esta nueva edición del ApuRaid y de la categoría de carrera por montaña que habían habilitado. Lleno de ilusión tomé la firme decisión de inscribirme. Al poco tiempo sin embargo mi estúpida expresión de alegría mutó a mueca de horror cuando leí las características de la carrera: 19 kilómetros y cerca de quinientos metros de desnivel positivo. Yo, un recién casado en proceso de cebado, desconectado del deporte desde hace meses y cada vez más engolosinado con el sueño ¿cómo iba a enfrentar tamaña prueba?, ¿con qué fundamento pensaba correr esos kilómetros y subir todos esos metros sin dejar viuda a mi recién estrenada señora?, ¿es qué me había vuelto loco?

A pesar del pánico inicial logré conservar algo de cordura y enfocar la situación haciéndome a una idea clara: No creer en milagros ni mucho menos esperarlos. No todos somos iguales. Hay quien sin mucho esfuerzo consigue proezas extraordinarias gracias a una fuerza de voluntad que se dispara justo en el momento exacto. Yo no. Hace meses no muevo ni un dedo y si quiero al menos tener una oportunidad de acabar dignamente la carrera no hay más caminos que entrenar.

En el pasado he tenido la obligación de entrenar algunas veces. La primera vez fue a principios del 2005 y sin duda ha sido también la más crítica. Después de pasar 10 meses trabajando en el Ministerio del Interior mi cuerpo había adquirido una consistencia macilenta y burocrática que me obligaba a respirar profundamente después de realizar un mínimo de esfuerzo. El problema estuvo cuando me percaté de eso llegando a Ticlio el 8 de enero de ese mismo año. Con mi primo Roberto habíamos decidido ir en julio a Cordillera Blanca para hacer nuestro curso básico e intentar algún nevado y pensamos que la mejor manera de cumplir nuestra promesa era iniciando el año en la montaña. La terrible experiencia de fatiga y soroche que vivimos aquel día nos demostró que ya habíamos dejado de ser esos dulces chiquillos que subían, sin previo aviso ni aclimatación, a caminar por esas alturas. Al día siguiente en el bus de regreso a casa, después de una noche de vómitos y dolores de cabeza, decidí que si deseaba pisar Huaraz en condiciones debía entrenar. Así conocí la natación.

La natación es un deporte increíble. En estilo libre sientes como todos tus músculos se mueven en simultáneo. Respirar mientras progresas en el agua te brinda una capacidad aeróbica que se adapta perfectamente a las necesidades que tendrás en la altura. Las brazadas, dadas a un ritmo e intensidad suficiente, pueden convertir tus extremidades superiores en poderosos remos sin la necesidad dedicarte a levantar pesas y sin ganar masa corporal. Además la ausencia de choque contra una superficie sólida evita casi totalmente el riesgo de lesiones musculares.

Empecé a nadar a fines de febrero y en tres meses ya me sentía con un físico decente. Ese julio pasamos cinco días metidos en el Vallunaraju haciendo nuestro curso básico. Resulté ser malísimo para hacer nudos pero mi capacidad física al menos estuvo a la altura de las circunstancias. Roberto, quien no hizo absolutamente nada los meses previos, tuvo que bajar de emergencia después de hacer cumbre cuando los síntomas de edema pulmonar se empezaron a hacer visibles.

De esta experiencia saqué muchas conclusiones y aprendí bastante. Comprobé que entrenar es indispensable si quieres tener ese fondo extra necesario para dar un poco más y además regresé a Lima con una nueva herramienta que merecía explorar: la bicicleta. Durante los cinco días en la montaña Coqui, nuestro instructor, habló constantemente sobre las cualidades de la bicicleta como medio de preparación. En Octubre, tras unos meses de ahorro, ya me había comprado una.

La bicicleta es útil en la medida que dejes toda la capacidad de tus músculos en ella. Los paseos por el malecón un domingo por la tarde no sirven y la única forma de esforzarse de verdad es remontando cuestas. Cuando tus muslos y pantorrillas se sienten explotar y debes meterle todo para seguir subiendo es cuando te estás preparando para la montaña. Lo difícil, al menos en una urbe con zonas planas y congestionadas como Lima, es encontrar una ruta con buenas subidas y tener la constancia para poder levantarse temprano y encontrar la ciudad libre de vehículos. Recuerda, mientras miles de personas se movilizan tú estarás sobre un sillín. Sal temprano de tu casa para que a partir de las siete ya estés de regreso. Si a esa hora todavía estas a medio camino mejor encomiéndate porque la cosa se pone brava. Lo positivo, por otro lado, es que montar bicicleta es entretenido y te lleva a descubrir todo un mundo de posibilidades. Visiten la columna vecina de Yuri Mellet en esta misma web y compruébenlo.

Cuando opté por la natación fue por deseo de ganar capacidad cardiovascular. La bicicleta llegó después por emoción, por placer y por buscar fuerza en las piernas. Fueron necesarios dos años para que, tomando un extraño camino inverso, llegue a la más elemental y básica disciplina de entrenamiento. Cuando el año pasado el dinero me abandonó tuve que dejar la natación. En ese momento me abracé a mis zapatillas y empecé a correr.

Correr tiene sus ventajas. Es intenso si lo deseas, exige bastante a tus piernas, puedes practicar ascensos o descensos y, sobretodo, es gratis. Corres con lo que quieres, cuando quieres y donde quieres. Salvo un buen par de zapatillas -y ojo que bueno no es siempre sinónimo de caro- no hay mayor restricción. Es además un deporte gregario. Todos tenemos un parque o avenida a la mano donde, con seguridad, encontraremos más de un parroquiano ejercitándose y al cual, a fuerza de cruzárnoslo tres veces por semana acabaremos saludando. Correr es también adictivo. Sin darte cuenta te veras luchando por superar tus distancias y por romper la barrera de tus mejores tiempos. Puedes escuchar a Raúl Vargas cuando corres y si gustas hasta puedes conversar con el vecino.

Existen por supuesto más formas de entrenar pero yo al menos no las he probado. Sin embargo me queda claro que la base de todo entrenamiento no reside en el deporte mismo sino en otro factor, mucho más emocional y poderoso. La motivación. Una meta concreta es el mejor aliciente a la hora de esforzarse. Yo la tengo. El ApuRaid es un buen motor para entrenar pero no por motivado puedo dejar de ser honesto. Esos 19 kilómetros me suenan a película de terror. Meses de inactividad han convertido mis extremidades en unas maquinarias rechinantes y se que solo un plan medianamente articulado de entrenamiento me podría ayudar a llegar a la meta de esta competencia.

No tengo plata ni tiempo o sea que la natación y la bicicleta están descartadas. Solo me queda correr y lo que en un inicio iba a ser calendario de entrenamiento de 4 semanas se redujo a 10 escuálidos días. En esta semana y media he tratado de operar ese milagro que negué en un principio. Empecé trotando 30 minutos antes de acabar rendido. Según las marcas de la vereda de la Huaca Puccllana -donde corro cerca a casa- hago casi 6 kilómetros en esa media hora. Al final, tras mucho esfuerzo, he llegado a completar una hora de trote ininterrumpido.

Descubrí en el proceso cosas tan extrañas como que corro mejor por la tarde que por la mañana. O que las señoras mayores siempre salen a caminar en grupo y les molesta que las pases. Al ojo calculo tener resistencia para cubrir unos 12 kilómetros, siempre y cuando encuentre un ritmo de trote adecuado. No se que voy a hacer con los seis kilómetros restantes. Supongo que caminar. De las subidas mejor ni hablar. No se como voy a encarar casi trescientos metros de ascenso después de correr seis kilómetros. Cuando después de correr media hora intenté subir al trote los once pisos del edificio donde vivo, tuve que meterme derrotado al ascensor en el segundo piso. Después de eso sencillamente no lo volví a intentar.

Espero poder terminar esos 19 kilómetros y conseguir cruzar esa meta. Fredy, por cierto, ha decidido no participar o sea que estoy solo en esto. No importa. Si llego entre los últimos me da igual, solo quiero acabar. No se que pueda pasar. No se que habrá pasado ya. La emoción en estos momentos se está mezclando con una dosis de nervios. Me voy a tomar algo que me relaje. Nos vemos en dos semanas. Mientras tanto, si gustan, pueden contar como se entrenan.

Una respuesta para “7. Hoy entreno, publicado el 2 de octubre de 2008”

  1. juan luis Dice:

    OK, aun monto por el malecón pero es para calentar…ya hice una vez la bajada-costa verde-subida del puente villena…ahora solo queda repetirla…y seguirla…

Escribe un comentario