El año pasado me quedé a un día de la que iba a ser una de las experiencias tope de mi existencia: Iba a ascender el nevado Pariacaca. No exagero. Desde hace casi una década, el Pariacaca ha sido una presencia constante en mi vida. Hizo su primera aparición bajo el disfraz de una interesante anécdota y se ha convertido, sigilosamente y con el paso del tiempo, en una especie de obsesión. Pisar una de sus cumbres sería una de esas raras oportunidades donde uno le saca la vuelta al destino y logra hacer realidad, con exactitud y sin ambigüedades, un sueño.
Todo empezó en 1999. Ese año escuché hablar por primera vez de este pico venerado en tiempos remotos por los habitantes de las que son en la actualidad las provincias de Huarochiri, Yauyos y en general de todos los valles relacionados geográficamente con las montañas de la Cordillera Central y sus ramificaciones. Recuerdo que en aquella ocasión ni siquiera supieron darme su nombre pero tampoco fue necesario. Ese detalle y la riqueza de su historia picaron aún más mi curiosidad. Repleta de batallas épicas, amores frustrados y una constante lucha por la libertad, la mitología que rodea al Pariacaca es una alegoría de la existencia humana en todas sus facetas. Por aquellos años de neófito montañero, nunca me hubiera imaginado que una montaña, además de ser un fenómeno geográfico impresionante y bello, podía tener un significado cultural tan rico y ser, en sí misma, un cofre de mitos y secretos por descubrir.
Con el paso del tiempo distintos datos cazados al azar y otros, todo hay que decirlo, fruto de una búsqueda metódica, fueron dibujando el mapa mental del Pariacaca. Así nació en un principio la intención de seguir los vestigios del Camino Inca que llega hasta las mismas faldas de este apu. Una ruta de dos jornadas donde se descubre el paisaje portentoso que inspiró sus mitos y tiene el regusto de la aventura por un territorio aún poco frecuentado. Luego, conforme el mundo de la montaña me seducía, la idea de visitar el corazón mismo de este dios de roca y hielo ascendiendo a alguna de sus dos cumbres se fue haciendo más firme hasta convertirse en un compromiso ineludible conmigo mismo.
Los años pasaron y hasta ahora no pasa nada. El destino se ha encargado de bajarme del coche ya algunas veces, aunque de vez en cuando me ha lanzado guiños para engatusarme a creer que estoy a un paso de realizar mi sueño. El cenit de esa mala suerte llegó, sin duda, el año pasado. En el transcurso de dos meses las cosas parecían estar en un punto de alineación casi astrológica. El Pariacaca parecía más cerca que nunca. En mayo lo había visto con mis propios ojos por primera vez gracias a un viaje laboral al cercano pueblo de Tanta. En junio, entusiasmado, mi cuerpo parecía haber respondido bien a toda una temporada de preparación física y aclimatación. Mi ánimo y mi mente, además, se sentían en sintonía con el reto a afrontar y, más importante aún, había encontrado finalmente el grupo humano ideal para encarar esta experiencia, un grupo que, no lo dudo, siente la montaña incluso con mayor intensidad que yo. Sin embargo, para demostrar el poder absoluto de este ídolo montano, todos mis planes se fueron al traste en cuestión de horas.
Lo recuerdo como si fuera ayer. Era el domingo 1 de julio cuando me diagnosticaron Hepatitis A. Un mes de reposo forzado, tres meses -mínimo- de dietas y cero esfuerzo, mucho de mi poco dinero invertido en análisis y la oportunidad de mi vida que se me escapaba por entre los dedos como si a mis ilusiones les hubiera caído un baño de aceite. Los días siguientes, mientras vivía en el mundo horizontal de mi cama, mis pesadillas eran verticales y en todas aparecía el Pariacaca enseñando sus hermosas formas de montaña sagrada y sacándome la lengua con cacha profana. No lo podía creer.
Pasado ya un tiempo y ante la expectativa de tener que empezar todo de cero me empecé a preguntar si realmente me interesaba sacarme el clavo por algún interés mayor o la cosa se había devaluado a una simple cuestión de orgullo. No dudo que me mueve, en gran medida, la terquedad propia de quien ha fracasado tontamente en algo y sigue intentándolo, pero también me es imposible negar el poder que ejerce en mi esa aura de misterio que rodea a esta montaña. Es sin duda una montaña bella pero su mayor belleza reside en argumentos más allá de lo formal. El Pariacaca, creo yo, te puede transportar a otro tiempo y mostrarte, si lo dejas, de donde venimos y la paradoja en que nos hemos convertido: vivimos de espaldas a las montañas a pesar de que nuestra mayor herencia viene ellas. En la antigüedad apus sagrados como él fueron dioses. Nuestros antepasados los veneraron por centurias pidiéndoles protección pues sabían que en sus entrañas nacía, en forma de agua, la vida de la cual dependían. Hoy se han convertido en cerros olvidados de lugares remotos donde muy pocos quieren ir.
Hace unos meses la editora de esta página web me propuso escribir una columna sobre montañismo. Me entusiasmo la idea pero algo en mi no la asimilaba bien. Mi forma de ver el montañismo es poco institucional y en las columnas de opinión si no vas a despotricar de instituciones, personajes o políticas, la verdad no vale mucho la pena ejercer la sana práctica de editorializar. Sería aburrido para mi y más para ustedes. Por otro lado, mi acercamiento ha sido siempre emocional. Pocos aspectos de mi vida se inflan tanto de sentimiento como aquel dedicado al montañismo y mi historia de encuentros y desencuentros con el Pariacaca resume mucho esas experiencias. Contar como continúo detrás de tan ansiada meta resulta un buen punto de partida para iniciar una serie de citas periódicas donde los grandes temas de fondo sean la montaña, el montañismo como práctica no solo deportiva si no también de amplio componente social y cultural y -al fin y al cabo ¿por qué no?- sus instituciones, personajes o políticas, en la medida que existan y den motivo para despotricar de ellas.
Con esta columna además aspiro a compartir mis puntos de vista y recibir los de aquellos lectores animados a dar los suyos pero, sobretodo, aspiro a incentivar a alguien a dar el paso hacia la montaña. Yo mismo, a pesar de lo que se pueda deducir erróneamente de estas líneas, no soy un montañero destacado ni un loco por el monte. No salgo todo lo que desearía y, aunque tengo algunas historias para contar, tampoco he hecho tantas cosas. Esto es tan cierto que, tratando de iniciar este texto, perdí muchos días buscando una definición personal y en mis propios términos de La Montaña. Fracasé. Las montañas son, todas, esquivas e indescifrables. Sus dimensiones físicas pueden ser enormes pero las emocionales llegan a ser inabarcables. Empecé creyendo que tenía una buena idea para esta columna y ahora caigo en la cuenta que, como leí hace poco, no es lo mismo tener una idea que una ocurrencia. Yo he tenido solo una ocurrencia. Espero, conforme se vayan sucediendo estos encuentros, llegar a tener, como mínimo, algunas ideas. Y, por supuesto, también aspiro a pisar la cumbre del Pariacaca, sin duda la montaña más esquiva del mundo. Al menos del mío.
